En la pequeña república católica de Malta sólo seis mujeres ocupan escaño en el Parlamento, sólo un 3% gestionan grandes compañías y sólo el 40% trabaja oficialmente. Pese a lucir con orgullo su bajo porcentaje de paro, es el Estado de la Unión Europea con las cifras más raquíticas de empleo femenino.
Dentro del concurrido ferry que cruza cada poco el estrecho de Comino, para unir la isla de Malta con la vecina Gozo –también parte de la república maltesa–, junto a la puerta de salida y a la vista de todos los pasajeros cuelgan cartelones publicitarios, uno con la cara de una sonriente muchacha que dice en un texto impreso “necesitamos más mujeres en empleos a tiempo completo”. Bajo ese testimonio, un cintillo que reza así: “Malta 2007-2013, más cerca de Europa”. Es una campaña del Fondo Social Europeo que recuerda a los malteses los esfuerzos que tienen que hacer en estos años venideros sobre empleo femenino.
Tan sólo el 40% de las mujeres maltesas trabajan fuera del hogar , frente al 62% de media de la Unión Europea. Bruselas ha dado a Malta un mensaje claro: el país no puede avanzar así, la igualdad laboral entre hombres y mujeres tiene que ser real. Malta ha sido y es durante décadas el país con las tasas de empleo femenino más ridículas y escasas.
Sin embargo, el Gobierno maltés luce orgulloso sus cifras de desempleo, una de las más bajas de la eurozona en tiempos de crisis. Mientras la Europa de los 27 rebasa el 10% de paro y España alcanza cifras monstruosas del 23%, en Malta apenas el 6% de la población activa está desocupada. Pero esos porcentajes felices sobre empleo maquillan una realidad incómoda. Escondidas tras esas estadísticas, las mujeres de la isla apenas están presentes en el mercado laboral, no son población activa.
“Hay que trabajar en que las mujeres de Malta cambien la imagen de sí mismas y se sientan más capaces, porque lo somos, y mucho”. Quien habla se ha tomado esta lucha en serio. Maltesa de origen y alemana de nacimiento, Helga Ellul dirige desde hace 38 años la fábrica de Playmobil en Malta y es además la presidenta de la Cámara de Comercio y vicepresidenta del Consejo Nacional de las Mujeres de Malta. Apenas el 3% de los altos puestos de las empresas son ocupados por mujeres en la isla. “No tenemos que competir asumiendo roles masculinos sino sentirnos orgullosas de nuestra manera de hacer las cosas”. Sabe por dónde van los tiros y contesta varias cuestiones en una sola respuesta. Para ella, la solución pasa por cambiar los roles familiares, no tener miedo de flexibilizar las condiciones laborales sin perder seguridad e implementar un sistema social que permita compatibilizar el trabajo y la crianza.
Es fácil entender que también haya disparidad al elaborar leyes de conciliación en una Cámara legislativa en la que aún hoy en 2012 solo seis de los 69 escaños son ocupados por mujeres. Ese número sitúa a Malta entre los Estados del mundo con menor participación femenina en política, detrás de Emiratos Árabes Unidos, donde las mujeres copan el 22% de la representación parlamentaria (8,7% en la Cámara maltesa).
Marlene Farrugia es una de las seis parlamentarias maltesas. Diputada del Partido Laborista y profundamente religiosa, es elegante y enérgica, habla rápido y segura. La charla, que se desarrolla durante la mañana de un soleado Domingo de Ramos en su pueblo natal, un pequeño enclave en el interior de Malta, se interrumpe por constantes saludos. Apretón de manos, sonrisa, “disculpa un minuto” .
En esta isla situada en mitad del Mediterráneo, una roca de piedra caliza, escasa, deforestada y urbanizada hasta la saturación, de apenas 316 kilómetros cuadrados –la mitad que la ciudad de Madrid–, el Parlamento sólo funciona a media jornada. Farrugia escarba en bocas ajenas por la mañana y a la tarde, cuando echa el cierre en la consulta odontológica, marcha a La Valleta para atender los asuntos públicos. “Si ya es complicado compaginar un trabajo y una familia, meterse a política a partir de las seis de la tarde es prácticamente imposible”.
Recuerda que cuando sus dos hijas y su hijo eran pequeños, gastaba todo su sueldo en cuidadoras porque no quería perder su trabajo. Sin embargo, no tiene una mala palabra para la ministra de Empleo y Familia, del conservador Partido Nacionalista: “Trabaja muy duro para cambiar esta situación pero, al fin y al cabo, está prácticamente sola en un Gobierno de hombres que no entienden las necesidades específicas de las mujeres”.
La igualdad entre mujeres y hombres en el ámbito laboral y familiar es uno de los principales retos que enfrenta el país, pero las reivindicaciones vienen de lejos y ha sido una de las luchas históricas del feminismo. “Como en cualquier tipo de relación humana, a mayor dependencia, menor libertad. La independencia financiera es lo que de verdad brinda la igualdad y deja de exponer a la mujer a una situación de vulnerabilidad o de inferioridad”, dice Anna Borg, experta en género y trabajo de la Universidad de Malta.
Borg valora que se haya conseguido colocar el debate en la agenda política pero, para ella, el mayor éxito es que haya calado también en la gente de la calle. “Como feminista aun sigo pensando que es mi mayor batalla”, asegura desde el otro lado de la videollamada.
CATÓLICA, APOSTÓLICA Y… ¿MACHISTA?
El debate ahora está en esas mismas calles de La Valletta, la capital del país, en las que en una esquina se cruza San Pablo con San Francisco que le saluda a Santa Úrsula desde una hornacina. Son estatuas de santos que resguardan casi todos los chaflanes de los vientos. El callejero parece un santoral y los altares urbanos son más comunes que los semáforos.
Cualquier día y a cualquier hora se pueden ver malteses y maltesas en los oficios. en El 95% de la población se declara católica. Primer y último bastión del cristianismo europeo, Estado confesional y el país del mundo con más iglesias por habitante. La doctrina católica, sin duda, sigue teniendo una gran influencia desde el púlpito al Gobierno y al hogar.De hecho, Malta se convirtió en 2011 en el penúltimo Estado del mundo en legalizar el divorcio. Ya sólo quedan Vaticano y Filipinas.
“Desde luego, la Iglesia no ha ayudado nada. Las mujeres se plantean, especialmente en pequeñas comunidades, si están haciendo lo correcto y se echan encima la culpa si sus hijos o hijas no rinden en el colegio”, explica Ellul, que lo vivió en carnes propias. Criada en una familia muy conservadora, la incomprensión de su madre cuando no dejó de trabajar ni tras casarse ni tras tener hijos le hace valorar la necesidad del apoyo familiar para poder tomar sus propias decisiones. “Si no, es un camino duro”.
Farrugia también cree que la concepción social de que la mujer se tiene que quedar en casa cuidando de la familia todavía existe y es muy fuerte: “Los hijos e hijas todavía pertenecen a la madre”. Borg coincide en que ha sido un flaco favor por parte de la Iglesia no señalar también la implicación del padre como responsable de la familia.
“En los países mediterráneos se ha sometido a la mujer a un tremendo sacrificio, sobrecargando en sus hombros la responsabilidad de la familia, sin pagar esa contribución a la sociedad ni invirtiendo en ellas, sin darse cuenta del coste de someter la maternidad a esa carga”, añade.
La puerta que lleva a la pequeña y oscura capilla de piedra, donde tres personas rezan absortas, chirría, pero éstas no levantan ni un milímetro las cabezas. El padre Joseph Mizzi espera en una pequeña sacristía que da a un pequeño jardín interior donde se abarrotan las plantas. Largo como un junco, calvo y de pobladas cejas pelirrojas, intercala palabras en italiano y español arrastrando las erres con pesadez. Mira el reloj y promete dedicarnos una hora, justa pero con toda su atención. Le espera una pareja maltesa afincada en Inglaterra que quiere prepararse para el matrimonio, una misa y una cena.
El 95% de la población se declara católica, el estado es confesional y desde hace apenas unos meses el divorcio es legal en la isla
Mizzi adora su trabajo con familias y parejas al frente del movimiento Caná, la organización de la Iglesia que tiene la última palabra en esta materia. Se ordenó en 1997 y desde entonces le ha dedicado todas las horas del día a lo que considera los dos pilares fundamentales de la sociedad:
“La familia y la Iglesia han mantenido al país unido. Son dos identidades para nuestro país, nuestra gente y nuestra cultura. Nosotros fomentamos la idea de la familia unida para toda la vida. Esto es bueno no solo para las familias sino también para el bien de toda la sociedad, el mejor interés del Estado. En definitiva, el bien común. Una familia fuerte hace una población fuerte y una sociedad fuerte”, sentencia.
Después de años asesorando a matrimonios malteses, ve que los más jóvenes comparten las tareas, algo impensable hace unos años. Asegura que en sus cursos matrimoniales invitan a las parejas a reflexionar. “Es su decisión como pareja. Se tienen que preguntar, ¿sufrirá la familia o los hijos si la mujer vuelve al trabajo? La mujer suele quedarse los dos primeros años con los niños y después vuelve al trabajo pero es algo que se tiene que negociar dentro de la pareja”.
GOBIERNOS MATERNALISTAS
Más allá de los roles de género, la tradición o la religión son las estructuras , así lo entiende y defiende Anna Borg, que además de ser académica y activista, trabajó desde dentro del sistema en la Unidad de Igualdad de Género del Servicio de Empleo, y es donde más ha visto esas carencias.
“Hay 100.000 mujeres inactivas, muchas mayores de 35 años, y casi todas están deseando incorporarse al mercado laboral, idea que además ahora se refuerza por una realidad obvia: es muy difícil vivir de un solo sueldo y más en tiempos de crisis. Si esas mujeres tuviesen oportunidad de trabajar, lo harían”, argumenta Borg.
“Durante muchos años en este país no se ha invertido en guarderías, ni se han modificado los horarios de las escuelas. Pueden parecer hechos simples pero es esta falta de estructura lo que hace de verdad difícil de compaginar el empleo con la familia y, de hecho, han convertido a Malta en uno de los países con menor tasa de maternidad”, explica.
En esta falta de políticas sociales, ni la Iglesia, ni el catolicismo ni la tradición tienen mucho que ver.
Tras la independencia del Imperio Británico en 1964, la isla fue gobernada durante 16 años por gobiernos laboristas, que reformaron el pequeño país con rapidez.
Fue esencial la aprobación del matrimonio civil en 1975, la igualdad de salarios entre hombres y mujeres en un mismo puesto, descriminalizar el adulterio o la homosexualidad (antes perseguidas por la ley), la reforma del propio Código Civil en 1985 o hacer que no fuese el marido el único que dispusiese de los bienes de la unidad familiar.
Pero también fueron estos gabinetes progresistas los que forjaron medidas que han tenido más bien dudosos beneficios para las maltesas. Elaboraron unas políticas ‘maternalistas’ que empujaron a muchas mujeres a una dependencia económica aún mayor de sus maridos y familias, el empobrecimiento de las ancianas e hicieron muy vulnerables a las esposas cuyos matrimonios fracasaban.
En 1973 se creó una prestación que ofrecía a las familias dinero por cada hijo, de forma universal. En 1986 se aprobó una asistencia social para mujeres solteras o viudas que cuidaban de un familiar anciano o con discapacidad, en los años 90 con gobiernos conservadores también ampliaron una ‘pensión de la cuidadora’ basada en la mitad del salario mínimo en Malta, fortalecía el Estado de Bienestar pero siempre ‘maternalista’: había un amplio elenco de medidas que ofrecían dinero sin cotización a mujeres para que se quedasen en casa. Y en ningún caso se planteó que los hombres lo hiciesen, eran leyes para mujeres.
Ninguna de esas medidas estimulaba la incorporación de las maltesas al mercado laboral y las marginaba como ciudadanas de sus propios beneficios fiscales, y en muchos casos llegada la vejez les impediría cobrar pensiones. Fue una legislación discriminatoria.
De hecho, para muchas de las mujeres que tuvieron que emplearse en el pasado, la única alternativa fue hacer que su hogar fuese también su centro de trabajo: la mayoría de las casas de huéspedes en La Valletta están regentadas por ancianas, entrañables señoronas que viven y trabajan en el mismo lugar, muchos pequeños restaurantes o tiendas de comestibles también y aquellas que no pudieron sacar adelante un negocio propio se emplearon en servicios domésticos. Todas ellas a menudo en el mercado negro, sin tasas ni impuestos, ni cotización.
De esa generación de amas de casa y empleadas, Rose Marie, de 55 años, reconoce que para ella fue un alivio haber criado a sus hijos entre las mesas del restaurante y las habitaciones de su pequeño hotel, Le Bonheur, un establecimiento que abrió su padre en 1946 en el corazón de Valletta y ella heredó en 1973.
De su grupo de amigas, todas ellas hoy chicas de oro maltesas, muchas han sido madres y trabajadoras. “En empleos domésticos poco remunerados y se han jubilado muy pronto, aunque una amiga fue química y otra profesora; nunca hubo problema en que la mujer trabajase. Las maltesas somos muy fuertes, tomamos las decisiones en la familia y la economía doméstica. El problema en nuestra época no era tanto que la mujer trabajase sino que descuidase a su familia, a su marido o el cuidado de sus hijos. Eso si hubiese sido un escándalo 30 años atrás”, explica.
LAS TAREAS DE EUROPA
Quien más ha hecho pisar el acelerador y ha puesto deberes de verdad a todos los gobiernos malteses, conservadores o laboristas, ha sido la Unión Europea, o más bien las mujeres de la Unión Europea.
El afán de entrar en Europa primero y la obligación de cumplir los compromisos después ha hecho que Malta honre tratados como la Convención Europea de Derechos Humanos o la Convención de Eliminación de Discriminación contra las Mujeres, y curiosamente fue para acomodarse a esta última para lo que tuvo que revisar aspectos que su católica Constitución.
“La UE ha ayudado muchísimo, sin el empujón europeo advirtiendo a Malta de que debía mejorar el empleo femenino hubiese sido muy difícil. Es gracias a la presión por arriba –desde Bruselas- y desde abajo –desde los movimientos feministas– donde hemos conseguido un gran cambio en el medio”, asegura Anna Borg.
Sin embargo, Farrugia, aun reconociendo el impulso, critica que muchos millones de euros del Fondo Social Europeo se han gastado en cursos de formación para potenciar habilidades que permitan trabajar a las mujeres. “Pero ese no es el problema, de hecho las mujeres tienen mejor formación que los hombres en este país. Ese dinero debería invertirse en medidas de conciliación”, concluye la parlamentaria.
Efectivamente, son hoy la generación mejor y más formada de la historia del país. “Mucha gente en Europa piensa que las maltesas seguimos a la sombra del hombre y, en realidad, hoy las mejores mentes de Malta, nuestros mejores profesionales, los más destacados, son mujeres. Son jóvenes, exitosas y desarrollan su propia carrera”, dice de forma entusiasta Anna Borg.
“Actualmente hay un cambio grande, el 60% del alumnado de la Universidad de Malta son mujeres y el 80% de las que finalizan sus estudios hoy se incorporan al mercado laboral y permanecen en él”, concluye.
Aunque los números son engañosos, Malta comparte cifras similares con uno de los lugares más propicios del mundo para la educación superior de las mujeres, el emirato de Catar. En el reino catarí por cada hombre que va a la universidad hay seis mujeres en el campus. El emirato tiene cifras de récord: Entre 1979 y el año 2000, el 69% de las mujeres obtuvo un grado universitario. Sin embargo, sólo el 30% de las catarís está empleada. Casi ninguna trabaja. Unas cifras de empleo femenino casi maltesas. Catar y Malta discurren de forma paralela: mujeres bien formadas que se quedan en casa.
Helga Elull es radical y contundente en este sentido: “Hay muchas más mujeres en la universidad, pero ¿qué pasa después? Mucha inversión en educación femenina pero ¿qué le devuelven al país? No nos podemos permitir el lujo de perder toda esa inversión, que esos esfuerzos en inteligencia y desarrollo se queden en casa, el mayor recurso natural de Malta es su gente y no podemos desaprovecharlo”.
“El incremento del empleo femenino ha sido en muchas ocasiones en sectores que tradicionalmente ya ocupaban las mujeres, como hostelería, y a menudo peor pagados. Sigue siendo difícil para nosotras alcanzar puestos de decisión a pesar de estar más formadas. No puede ser que el empleo de mujeres entre 20 y 49 años caiga un 15% cuando tienen un hijo, mientras que en los hombres de la misma edad aumente un 6%”, afirma.
Helga Elull habla ante todo como empresaria. Es la gerente de la factoría de Playmobil y antes que pedir más medidas al Gobierno, asume su responsabilidad como patronal y es la primera en aplicar medidas que beneficien a las empleadas y a su empresa.
“Mi madre fue madre, decidió estar siempre en casa al cuidado de sus hijos y fue muy feliz. Yo lo respeto y entiendo pero creo que debe ser una decisión consciente que te haga feliz, sea lo que sea pero que no te veas condenada a ello y sentirte frustrada. Por eso yo animo a mis empleadas que desean reincorporarse tras la maternidad que lo hagan cuanto antes, que no pierdan el tiempo porque luego se les hará más difícil adaptarse”.
“Como empresaria sí creo que debemos cambiar el chip: quizás no necesito que mis empleados estén todo tiempo en la fábrica, quizás hay tareas que pueden hacer desde casa, a mí me da igual que mientras hagan un buen trabajo redacten informes a las 10 de la noche cuando sus hijos ya están en la cama o cuando le venga bien siempre que lo entregue a tiempo”, explica Elull.
Victoria Muscat, una joven empleada en la factoría de clics que dirige Elull, es un ejemplo de flexiseguridad. Muscat entró en la fábrica con 18 años, ahora con 30 es madre de una niña de cuatro, Maya, y acaba de incorporarse a un novedoso sistema de jornada partida en la que ella se apaña los días y los turnos con otra compañera de la cadena de producción con la que comparte el mismo puesto de trabajo. Así se van alternando las jornadas que trabajan cada una, pero también pueden ser flexibles si sus hijos se ponen enfermos un día o si tienen algún compromiso, depende de ellas.
“Mi vida ha cambiado, antes sentía que sólo vivía para trabajar. Ahora puedo disfrutar más de mi hija y de mi familia”, relata la empleada que tras un año de excedencia maternal regresó a la jornada completa y sentía que llegaba a casa agotada, con mucho estrés, sin energía para su hija y familia. “Tampoco podía imaginarme estar todo el día en casa sin trabajar, ahora disfruto de mi trabajo mucho más y sé que tengo tiempo para mí. Es el equilibrio”, explica Muscat.
Helga Elull se reconoce afortunada: mientras ella dirigía una compañía como Playmobil su marido trabajó como freelance muchos años desde casa y fue “verdaderamente un compañero con quien compartir tareas y tiempo de calidad”.
NUEVAS FAMILIAS, NUEVAS ESPERANZAS
Igual de cierto que las estadísticas y los datos ocultan la realidad del escaso empleo femenino en Malta, es que también tapan ese emergente cambio de las familias y las generaciones que vienen empujando. En tan sólo una década, del 2001 a 2011, Malta ha soportado el crecimiento más rápido de un Estado miembro de la UE en empleo femenino en la franja de 25 a 29 años, pasando del 56% al 70% de jóvenes empleadas de esa edad.
Lo que demuestra que se ha pasado velozmente del modelo de familia tradicional a parejas jóvenes y trabajadoras que comparten sus vidas profesionales. El cambio no sólo es laboral; el nuevo arzobispo de Malta, la propia Iglesia católica, ha comenzado a lanzar un nuevo mensaje que sigue haciendo hincapié en el bienestar de la familia y el cuidado de los hijos como un valor fundamental del cristianismo pero tratando de corresponsabilizar e involucrar al hombre de la misma manera que a la mujer. El bienestar de la familia es cosa de todos.
“Todo esto creará mejores adultos, si el padre es parte activa del cuidado de los hijos y en las decisiones de familia. Ésta es la forma en la que la Iglesia se debe modernizar sin perder valores”, remarca Elull. “El catolicismo debe seguir siendo un signo de identidad porque es nuestra historia y tradición, pero modernizarse no significa perder los valores como sociedad”, remarca la parlamentaria Farrugia.
Quizás ha sido la forma de abrir los ojos ante una realidad obvia y abrumadora: enviar a la mujer a casa a cuidar a los hijos hace la familia más pequeña. Malta, España, Italia o Irlanda (más católicos que mediterráneos) apenas tienen hijos. Malta tiene la tasa de fertilidad más baja de la UE, sólo 1,4 hijos por mujer.
Mientras, Estados europeos con mayor índice de empleo femenino tienen además las tasas de fertilidad más altas, como Noruega, Suecia, Dinamarca o Islandia.
Esos Estados que tienen amplias bajas maternales, buenas retribuciones de hasta el 80%, que fomentan la maternidad, las guarderías, el horario de las escuelas, las reducciones fiscales y la flexibilidad laboral para padres y madres sin duda están invirtiendo grandes cantidades en las familias.
“Quizás sin tanta arrogancia ni tradición, esos países han entendido mejor que nosotros que invertir en las familias y en las mujeres con inteligencia es una forma de invertir en la economía del país, en los negocios del futuro”, reflexiona Anna Borg.
Fuente: Píkara Magazine


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